En 2026, el nombre de Donald Trump tiene un peso inusual en la política venezolana. No es candidato ni ciudadano del país, y sin embargo su figura aparece constantemente en debates de cafetería, en memes, en titulares internacionales y hasta en bromas que suenan mitad graciosas, mitad incómodas. Desde la sorprendente operación militar que llevó a la captura de Nicolás Maduro y la instalación de un nuevo esquema de poder en Caracas, la imagen de Trump se ha convertido en un icono ambivalente: para muchos, un salvador que truncó una era de crisis; para otros, un intruso que convirtió a Venezuela en un caso de manual de intervencionismo estadounidense.

La broma que se repite en la prensa
En enero de 2026, el mundo se despertó con la noticia de que tropas estadounidenses habían intervenido directamente en Caracas, capturando a Maduro y a su esposa Cilia Flores y trasladándolos a una prisión estadounidense. La operación, que se presentó como un golpe de mano militar rápido, cambió de golpe la narrativa sobre Venezuela: de “crisis latente” a “escenario de control de Estados Unidos”. A partir de ese momento, Trump comenzó a hablar de Venezuela como de un proyecto propio, un laboratorio de su idea de “Estados Unidos primero, Venezuela después”.
En abril de 2026, durante una rueda de prensa en la Casa Blanca, el presidente soltó una frase que rápidamente se volvió viral: aseguró que su nivel de popularidad en Venezuela supera al de cualquier político del país, incluso en las encuestas. “En las encuestas estoy más alto que nadie en Venezuela. Así que, cuando termine con esto, podré ir a Venezuela. Me voy a postular a la presidencia”, dijo en tono de broma pero con un guiño que nadie comprendió del todo.
La frase se reprodujo mil veces en redes sociales venezolanas, donde la gente se dividió entre quienes la celebraron como una muestra de “carisma” y quienes la vieron como una burla de mal gusto hacia un país que apenas comenzaba a lamerse las heridas de una intervención militar directa.
Encuestas polémicas y percepción de Trump
En medio del caos mediático, varias encuestadoras internacionales y locales publicaron sondeos sobre la imagen de Trump entre los venezolanos. Los resultados no son unánimes, pero sí permiten dibujar algunos contornos claros.
Una encuesta de The Economist, realizada en colaboración con la firma estadounidense Premise, mostró que una mayoría importante de venezolanos tenía una opinión mejorada sobre Estados Unidos tras la operación que llevó a la captura de Maduro. La misma encuesta reportó que la oposición de la población a la figura de Maduro era abrumadora, con encuestas que ubican su rechazo en torno al ochenta y cinco por ciento. En ese contexto, la irrupción de Trump como actor que “remueve” al mandatario más impopular del continente generó un efecto de rebote: muchos asociaron su imagen a la posibilidad de un futuro distinto, aunque con un sabor amargo.
Otro dato relevante es que cerca de la mitad de los venezolanos entrevistados en esa misma encuesta mostraron algún grado de apoyo hacia la administración de Trump en relación con el escenario venezolano, mientras que apenas una minoría se declaró abiertamente contraria. En las preguntas abiertas, se repiten frases como “por fin alguien se atrevió”, “otra cosa peor ya no podía pasar”, o “pa’ quien nos quede, mejor que él”. Sin embargo, también aflora una corriente de desconfianza: el temor de que Estados Unidos se quede con el petróleo o que el país se convierta en una especie de protectorado.
En algunas preguntas dirigidas a popularidad, la encuesta de Premise y otros estudios similares señalan que, en términos de reconocimiento y percepción inmediata, Trump figura como una de las figuras políticas más “conocidas” y, en determinados segmentos, más “apreciadas”, muy por encima de dirigentes tradicionales venezolanos. Sin embargo, esos mismos estudios insisten en que la popularidad percibida no se traduce en un respaldo explícito a una agenda trumpista, sino a una mezcla de alivio por la salida de Maduro y curiosidad —a veces temerosa— sobre qué significa un “modelo venezolano” diseñado en Washington.
Tres tipos de venezolanos frente a Trump
En la calle, la percepción de Trump en Venezuela se puede agrupar en tres grandes corrientes, que no siempre se corresponden con el espectro tradicional oposición/régimen.
En primer lugar está el sector que celebra abiertamente a Trump como un “liberador”. Son principalmente personas jóvenes, expatriados de retorno, empresarios afectados por sanciones o por la inestabilidad, y quienes ven en la intervención el único camino que impidió que el régimen se arraigara hasta niveles aún más profundos. En sus comentarios se repite el argumento de que “a veces hace falta que alguien externo saque el problema de raíz”, o que “mejor un presidente que se respeta que un dictador que se humilla”.
En segundo lugar, hay un grupo intermedio que acepta que el cambio era necesario, pero mira con desconfianza la figura de Trump. Este sector admite que Maduro no tenía salida democrática y que la alternativa interna estaba debilitada, pero se pregunta si el precio de la intervención militar, la pérdida de soberanía y la entrega de control sobre el petróleo estaban justificados. En sus expresiones se mezclan frases como “no íbamos a seguir así, pero tampoco somos feudos de nadie”, o “todo el mundo sabe que este país es el yacimiento de vecinos”.
En tercer lugar existe una corriente de rechazo explícito, conformada por sectores que durante años estuvieron en la base del chavismo, intelectuales izquierdistas, activistas antiimperialistas y parte de la sociedad civil que ve en Trump el rostro más agresivo de la hegemonía estadounidense. En sus redes circulan memes duros, comparaciones con invasiones anteriores, artículos denunciando el “neocolonialismo” y reflexiones sobre el riesgo de que Venezuela se vuelva un experimento de “gobernanza extranjera”. Para ellos, la broma de Trump sobre postularse a la presidencia es una humillación, no un chiste.
Meme, ironía y cultura política venezolana
En Venezuela, la política siempre se ha procesado junto con el humor. La ironía, la caricatura y el sarcasmo son herramientas de sobrevivencia frente a la desesperanza. La broma de Trump sobre su supuesta popularidad en el país se encajó casi de inmediato en esa tradición.
En redes sociales, la frase “En las encuestas estoy más alto que nadie en Venezuela” se convirtió en meme reciclable: la gente la superponía sobre fotos de Demonios Rojos, de largas filas de gasolina, de hospitales llenos de insectos o de políticos de la vieja guardia con caras de sorpresa. En algunos casos, se usó como crítica a la propia dirigencia venezolana, que se veía eclipsada por un extranjero que intervenía en el tablero sin pedir permiso. En otros, la broma se volvió auto‑degradante: “Si el que nos invadió es el más popular, entonces ya ni nos queda dignidad”.
Lo interesante es que, detrás de la risa, se esconden preguntas serias: ¿qué significa que un país que ha sufrido décadas de autoritarismo y crisis piense que su rescate pasa por un político extranjero? ¿Es una señal de que el sistema interno está agotado o de que la sociedad se ha acostumbrado a esperar soluciones externas? La zoncera mediática que rodea a Trump en Venezuela no solo sirve para entretener, sino también para medir hasta qué punto los ciudadanos han perdido confianza en sus propios actores políticos.
Tabla aproximada de percepción de Trump según grupo social
| Grupo social | Imagen de Trump en 2026 | Comentario típico |
|---|---|---|
| Jóvenes urbanos y expatriados | Fígura de fuerte, resuelto, “que hace las cosas” | “Si nos sacó a Maduro, que se quede con el petróleo, pero que no me deje” |
| Clase media conservadora | Aliado necesario, aunque sospechoso | “No me gusta, pero sin él no nos habíamos salido de esto” |
| Sectores tradicionalmente chavistas | Enemigo imperialista, símbolo de la intervención | “Intervención disfrazada de salvación” |
| Oposición moderada y centrista | Útil para el cambio, riesgoso para la soberanía | “Mismo que nos rescue, pero que no nos quede sin patrimonio” |
| Academia y militantes de izquierda | Rostro de un nuevo neocolonialismo | “Derribaron a un dictador para que Washington se quede con el petróleo” |
Bromas, populismo y límites de la política
Bajo el tono jocoso de Trump al hablar de postularse a la presidencia de Venezuela late un núcleo de populismo transnacional: el político que se presenta como el único capaz de romper el status quo, incluso desde fuera. La proposición, absurda en términos constitucionales, funciona como un mensaje simbólico: “Yo soy el centro del cambio, aunque el país no sea mío”. Esa narrativa se alimenta en Estados Unidos de su base que lo ve como el líder indispensable, y en Venezuela se alimenta de una porción de población que ya no cree en sus propios referentes.
Pero la popularidad de Trump en el país no es homogénea. Encuestas parciales y observaciones cualitativas muestran que su apoyo se concentra en segmentos que están más abiertos al intervencionismo estadounidense y que priorizan la estabilidad económica sobre la soberanía política. En otras zonas, sobre todo rurales y en comunidades históricamente ligadas al chavismo, la imagen de Trump se asocia con bombardeos, miedo y pérdida de autonomía.
Además, la figura de la presidenta interina Delcy Rodríguez —que Trump elogia públicamente y que ha restablecido relaciones diplomáticas con Washington— sirve como filtro intermedio: para muchos, apoyar a Trump es verlo como un aliado de Rodríguez, y no como un jefe directo. Esa construcción de “socio” en vez de “gobernante” permite que la popularidad se mantenga en rangos tolerables, sin que el presidente estadounidense tenga que asumir formalmente el rol de mandatario venezolano.
Una popularidad incómoda y transitoria
En cierre, la popularidad de Donald Trump en Venezuela en 2026 se puede entender como un fenómeno de transición: una mezcla de gratitud condicional, ironía amarga y temor a lo desconocido. La broma sobre su postulación presidencial encierra una verdad incómoda: hay un segmento de la población que, en su desencanto con la política nacional, llega a ver como opción viable a un extranjero que intervino militarmente en su país.
Mientras la economía se reorganiza, el petróleo se vuelve a conectar a mercados globales bajo supervisión estadounidense y el debate sobre qué es y qué no es soberanía se vuelve más técnico, la imagen de Trump seguirá flotando en el aire como un personaje de telenovela política: el presidente de otro país que tiene un récord en la medida en que “hizo algo que nadie se atrevía a hacer”. La pregunta que queda en el aire es hasta cuándo esa popularidad bromista se mantendrá sin que el costo de la intervención se vuelva demasiado evidente para quienes tuvieron que vivirla en carne propia.

Allison Walsh es periodista y redactora especializada en noticias internacionales y actualidad digital. Con un enfoque en información clara y verificada, cubre temas globales para mantener a los lectores informados con contenido confiable y relevante.